Panorama económico: más que una guerra comercial
La relación entre Estados Unidos y China transita una guerra económica que combina confrontación abierta con coexistencia de interdependencias estratégicas, y no puede reducirse a meras disputas tarifarias aisladas.
En 2025 ambos países alcanzaron una tregua temporal en su contienda comercial. Implicó una reducción simbólica de aranceles: Estados Unidos accedió a bajar sus gravámenes sobre productos chinos de alrededor de 145 % a 30 %, mientras China redujo sus aranceles del 125 % al 10 % por un lapso de 90 días como parte de negociaciones en Ginebra. Esta pausa fue recibida con optimismo por los mercados globales, con subas en los principales índices bursátiles de Wall Street.
Sin embargo, las medidas proteccionistas no desaparecieron, sino que se reconfiguraron y profundizaron tras décadas de políticas arancelarias crecientes y represalias recíprocas. Según estimaciones de organismos internacionales, los aranceles efectivos medios se mantuvieron muy por encima de niveles previos a la disputa, lo que introduce una incertidumbre significativa en el comercio global.
Pese al choque tarifario, la interdependencia económica sigue siendo considerable. A fines de 2025, Bloomberg observaba que las exportaciones chinas continuaban siendo indispensables para Estados Unidos en sectores clave, incluso después de los aranceles elevados. Esto indica que las cadenas globales de valor no se han fragmentado por completo: productos manufacturados y bienes intermedios chinos siguen siendo centrales en la producción estadounidense y global.
Restricciones tecnológicas: semiconductores y control de exportaciones
Más allá de los aranceles, el elemento más conflictivo de la rivalidad es la guerra tecnológica, que se traduce en medidas dirigidas a controlar el flujo de bienes y conocimientos estratégicos.
El Departamento de Comercio de Estados Unidos ha impuesto controles estrictos sobre la exportación de semiconductores avanzados y equipos asociados, apoyándose en argumentos de seguridad nacional y riesgos potenciales para el liderazgo tecnológico. El objetivo declarado por Washington es frenar la capacidad de China de producir chips de última generación con aplicaciones duales (civil y militar).
China, por su parte, ha intensificado políticas para fortalecer su producción nacional de semiconductores y reducir la dependencia de tecnología extranjera. Esto, mediante incentivos estatales e inversiones públicas. Esta reacción forma parte del plan estratégico chino de desarrollo tecnológico autónomo y respuesta a la presión externa, y se combina con controles sobre exportaciones de componentes clave y la apertura de investigaciones antimonopolio a empresas extranjeras.
Esta tensión tecnológica no solo afecta al sector de semiconductores, sino que incide en industrias completas: desde la electrónica de consumo hasta la producción de sistemas de energía avanzada y defensa.
Discursos oficiales: narrativas en pugna
Desde Estados Unidos, la administración de Donald Trump presentó la disputa con China en términos de corrección de desequilibrios estructurales y defensa del poder tecnológico nacional. Las restricciones a las exportaciones tecnológicas se han justificado bajo la premisa de proteger la seguridad nacional y la propiedad intelectual estadounidense. Mientras que los aranceles se enmarcan en una estrategia de “reindustrialización” y recuperación de ventaja competitiva.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, destacó desde la tribuna mediática que los avances en negociaciones comerciales con China eran “progresos sustanciales” para estabilizar mercados globales, subrayando que tanto Washington como Pekín reconocían beneficios mutuos teóricos de un acuerdo comercial ordenado.
Desde Beijing, el discurso oficial combina dos ejes: un rechazo al unilateralismo y proteccionismo que considera contrario a las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), y una voluntad de diálogo sobre bases de igualdad y respeto mutuo. La parte china ha argumentado que las medidas restrictivas de Estados Unidos politizan la economía y socavan la cooperación internacional, proponiendo que el comercio y la ciencia deben mantenerse separados de disputas estratégicas.
Efectos globales y tensiones distributivas
Este conflicto económico y tecnológico —que incluye aranceles, controles de exportación y disputas por cadenas de valor— tiene implicaciones que trascienden a las dos potencias:
- Reconfiguración de las cadenas globales de valor (GVC).
Las tensiones han acelerado estrategias de diversificación productiva entre empresas estadounidenses y globales que buscan alternativas a China (“China+1”), aunque muchos intercambios siguen anclados en redes donde China conserva posiciones centrales upstream. Esto revela que las rupturas totales de las GVC son costosas y complejas.
- Tensiones distributivas regionales y globales.
Las tensiones entre las dos economías más grandes del mundo encarecen insumos, introducen volatilidad en mercados financieros y obligan a países periféricos a recalibrar sus estrategias de inserción internacional para no quedar atrapados en dinámicas de alineamientos rígidos entre bloques.
- Impacto económico global.
Un informe reciente de TIME destaca que la rivalidad EE. UU.–China es uno de los principales riesgos geoeconómicos para 2026, subrayando cómo la fragmentación de mercados, tensiones tecnológicas y disrupción de inversiones redefinen equilibrios regionales.
Desde la Economia Politica
La relación entre Estados Unidos y China es mucho más que un conflicto comercial transitorio. Es una disputa estructural por el control de las reglas del sistema económico global, la supremacía tecnológica y la posición en las cadenas de valor del siglo XXI. Las medidas arancelarias, las restricciones tecnológicas y las narrativas de seguridad económica son reflejo de una competencia geoeconómica que reconfigura incentivos.
Este contexto muestra que el conflicto no solo expresa diferencias comerciales, sino una crisis de hegemonía global que obliga a economías de todo el mundo —incluidas las periféricas— a redefinir sus estrategias productivas, comerciales y de política exterior ante un orden cada vez más fragmentado y competitivo.




