La Argentina inicia 2026 con un riesgo país en mínimos de siete años, pero con una economía real que no logra recuperarse. Mientras los mercados celebran la mejora financiera, la producción, el empleo y los salarios continúan mostrando fragilidad, evidenciando un desacople estructural entre finanzas y actividad económica.
La Argentina inicia 2026 con un riesgo país en mínimos de siete años, pero con una economía real que no logra recuperarse. Mientras los mercados celebran la mejora financiera, la producción, el empleo y los salarios continúan mostrando fragilidad, evidenciando un desacople estructural entre finanzas y actividad económica.

En el arranque de 2026, la Argentina exhibe una paradoja que vuelve a repetirse en su historia económica. Mientras los indicadores financieros muestran señales de optimismo, la economía real continúa sin despegar. El dato más elocuente es la fuerte caída del riesgo país, que contrasta con una actividad productiva todavía frágil, un mercado laboral tensionado y salarios reales deprimidos.

Riesgo país: señal financiera positiva

El índice EMBI+ de JP Morgan, que mide la prima que exigen los inversores para prestar a la Argentina, cayó a comienzos de enero de 2026 por debajo de los 560 puntos básicos, alcanzando mínimos de casi siete años. En la lectura del mercado, esta baja expresa una mayor confianza financiera, asociada al fortalecimiento político del gobierno, al compromiso con el equilibrio fiscal y a la expectativa de continuidad de reformas estructurales.

Sin embargo, aun con esta mejora, la Argentina sigue exhibiendo un riesgo país elevado en términos regionales. Economías como Brasil, México o Chile operan con spreads significativamente más bajos —en muchos casos por debajo de los 400 puntos—, lo que subraya que la reducción del riesgo argentino es relativa y no implica una convergencia plena con estándares regionales.

Desde la óptica oficial, este descenso abre la puerta a una eventual reentrada al mercado internacional de capitales, con menores costos de financiamiento externo. Pero el interrogante central es si esa mejora financiera se traduce —o puede traducirse— en una recuperación tangible de la economía real.

La economía real no acompaña

Los datos de actividad muestran un panorama más complejo y menos alentador. A pesar de la mejora en los indicadores financieros, la producción industrial continuó en caída durante buena parte de 2025, con variaciones interanuales negativas. Si bien algunas ramas puntuales registraron repuntes transitorios, el sector manufacturero en su conjunto sigue operando por debajo de niveles previos.

En términos agregados, los estimadores mensuales de actividad económica reflejan una dinámica interna débil, con retrocesos en algunos meses que contrastan con lecturas anuales más suavizadas. La recuperación, cuando existe, es heterogénea y frágil, concentrada en pocos sectores.

El mercado laboral refuerza este diagnóstico. Distintos informes señalan recortes de empleo en el sector privado, acompañados por una pérdida persistente del poder adquisitivo del salario, incluso en un contexto de desaceleración inflacionaria. La desinflación, en este marco, no se traduce automáticamente en mejora del ingreso real ni en expansión del consumo.

A esto se suma que organismos internacionales como la OCDE y el FMI revisaron a la baja sus proyecciones de crecimiento para la Argentina y ajustaron al alza sus estimaciones de inflación, describiendo una economía con una recuperación más lenta y desigual de lo que sugeriría la caída del riesgo país.

Claves del desacople: una lectura desde la Economía Política

Desde una perspectiva de economía política, el desacople entre riesgo país y economía real no resulta sorprendente.

En primer lugar, el riesgo país es, ante todo, un indicador político–financiero. Refleja la percepción de los mercados globales sobre la probabilidad de default y la voluntad de pago, más que el estado efectivo de la producción, el empleo o la distribución del ingreso. Factores como la estabilidad política, el superávit fiscal y el alineamiento con acreedores pesan más que los fundamentos productivos de corto plazo.

En segundo lugar, la economía real depende de variables estructurales: demanda efectiva, inversión productiva, mercado interno y encadenamientos industriales. Estas dimensiones no reaccionan automáticamente ante mejoras en la percepción financiera, especialmente en contextos de ajuste fiscal, salarios reales deprimidos y contracción del gasto público.

Finalmente, la heterogeneidad estructural de la economía argentina amplifica este desacople. Sectores como energía o agroexportaciones pueden mostrar dinamismo, mientras que la industria manufacturera, la construcción y los servicios ligados al mercado interno continúan rezagados. El resultado es una economía partida, donde los indicadores financieros evolucionan por un carril y la producción y el empleo por otro.

Una señal que no alcanza

La baja del riesgo país es, sin dudas, una señal positiva en términos financieros. Reduce tensiones externas, mejora expectativas de acceso al crédito y ordena el frente de la deuda. Pero no constituye, por sí sola, una estrategia de desarrollo.

Mientras la mejora financiera no se traduzca en mayor inversión productiva, creación de empleo y recomposición del ingreso real, el desacople entre finanzas y economía real persistirá. La historia argentina muestra que la estabilidad financiera puede ser condición necesaria, pero nunca suficiente, para una recuperación económica sostenible.

En síntesis, la Argentina de 2026 exhibe una macro que entusiasma a los mercados y una economía real que sigue esperando. El desafío político y económico es cerrar esa brecha antes de que la paciencia social se agote.

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