La firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea en Asunción, el 17 de enero de 2026, fue presentada por los gobiernos sudamericanos como un hito histórico de integración birregional y una señal política en favor del multilateralismo comercial en un contexto global marcado por tensiones geoeconómicas, proteccionismo selectivo y fragmentación de las cadenas de valor.
Sin embargo, más allá del consenso diplomático, el tratado reactiva un debate clásico de la economía política latinoamericana: ¿este tipo de acuerdos profundiza la inserción subordinada de la región en la economía mundial o abre una ventana real para el desarrollo productivo y la diversificación estructural?

Posicionamiento de los países del Mercosur
Los cuatro Estados parte (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) celebraron formalmente la firma del acuerdo, destacando su potencial para promover el intercambio de bienes y servicios, atraer inversiones y consolidar un marco estable de cooperación económica y política con uno de los principales polos del sistema mundial.
En la declaración conjunta, los cancilleres subrayaron que el tratado busca “promover el desarrollo económico, la integración productiva y la previsibilidad normativa” en ambos bloques.
Los discursos presidenciales reforzaron esa lectura estratégica:
- Yamandú Orsi (Uruguay) definió el acuerdo como una apuesta por las reglas del comercio internacional en un mundo atravesado por volatilidad financiera y conflictos geopolíticos.
- Santiago Peña (Paraguay) sostuvo que el tratado envía “una señal clara a favor del comercio abierto” en un escenario global crecientemente fragmentado.
- Desde Brasil, el canciller Mauro Vieira lo presentó como un “bastión frente al proteccionismo y la coerción económica”.
- El presidente argentino Javier Milei, en línea con su orientación liberal, defendió el libre comercio como motor de crecimiento, inversión y generación de empleo, y cuestionó las estrategias de cierre económico y protección industrial.
🇵🇾 | Santiago Peña, presidente de Paraguay: "Estamos ante un día histórico, largamente esperado. Una jornada que marca un hito al unir dos de las regiones y mercados más importantes del mundo: Europa y Sudamérica". pic.twitter.com/PtMh0Aam7I
— Jujuy Times (@JujuyTimes) January 18, 2026
En conjunto, los gobiernos del Mercosur alinearon el acuerdo con una narrativa de inserción internacional, previsibilidad jurídica y apertura de mercados en un mundo donde el comercio se ha convertido también en un instrumento de poder geopolítico.
Desacuerdos internos y tensiones sectoriales
El consenso político de la firma no borra las tensiones previas dentro del bloque, que reflejaron intereses productivos divergentes y distintas lecturas del impacto del tratado.
- Argentina
Antes del cambio de orientación política, sectores industriales y parte del aparato estatal expresaron reservas, especialmente en ramas manufactureras sensibles a la competencia europea. El temor central fue la posible pérdida de competitividad de industrias locales frente a bienes de mayor escala, productividad y contenido tecnológico provenientes de la UE.
- Brasil
Brasil fue uno de los principales impulsores históricos del acuerdo. Su respaldo se vincula tanto a su peso como potencia agroindustrial exportadora como a su estrategia de posicionamiento global, buscando ampliar mercados para su complejo sojero, cárnico y minero, al tiempo que consolida su liderazgo regional.
- Paraguay y Uruguay
Ambos países mantuvieron una postura consistentemente favorable, subrayando el valor estratégico del acceso preferencial a un mercado de alto poder adquisitivo y la necesidad de dotar al Mercosur de mayor proyección internacional. Uruguay, en particular, presentó el tratado como una “política de Estado” más allá de los ciclos políticos internos.
En síntesis, no hubo rechazos presidenciales abiertos al momento de la firma, pero sí debates sectoriales y productivos que reflejan las asimetrías internas del bloque.
Discursos políticos y clivajes emergentes
Desde el plano birregional, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, calificó el acuerdo como un “paso histórico” hacia la creación de una de las mayores zonas de libre comercio del mundo, capaz de generar empleo, oportunidades de inversión y bienes más accesibles para los ciudadanos de ambos bloques.
Del lado sudamericano, los discursos enfatizaron la integración, la previsibilidad normativa y la atracción de capitales. Sin embargo, en paralelo, sectores productivos, sindicatos industriales y organizaciones empresariales advirtieron sobre los riesgos de una apertura asimétrica, especialmente para la industria manufacturera en economías con menor escala, financiamiento y desarrollo tecnológico.
Oportunidades y límites
Desde una perspectiva estructural, el acuerdo ofrece beneficios claros, aunque desigualmente distribuidos:
- Acceso a mercados
El ingreso preferencial al mercado europeo puede potenciar exportaciones de bienes intensivos en recursos naturales —carne, soja, arroz, celulosa y minerales— y consolidar la presencia del Mercosur en cadenas globales de valor, especialmente en segmentos agroindustriales.
- Inversión extranjera
Un marco jurídico estable con la UE puede mejorar el clima de negocios y atraer inversión directa en sectores como energía, logística, agroindustria y servicios, reduciendo la percepción de riesgo país y facilitando financiamiento externo.
- Diversificación geoeconómica
El tratado permite reducir la dependencia relativa de socios como China y Estados Unidos, ampliando el margen de maniobra estratégico del bloque en un sistema internacional cada vez más polarizado.
El acuerdo puede leerse como una reconfiguración ambivalente del patrón centro–periferia.
Inserción primaria reforzada
El patrón de especialización sigue mostrando una asimetría estructural:
- El Mercosur exporta principalmente commodities y bienes de bajo o medio contenido tecnológico,
- La UE exporta manufacturas complejas, bienes de capital y productos intensivos en conocimiento.
Este intercambio tiende a reproducir una forma moderna del intercambio desigual, donde la periferia captura menos valor agregado por unidad exportada que el centro industrial.
Asimetrías normativas
Las reglas de origen, los estándares sanitarios, ambientales y técnicos, aunque formalmente neutrales, pueden operar como barreras no arancelarias que limitan la capacidad de las industrias sudamericanas para competir en sectores de mayor sofisticación productiva.
Oportunidad estructural condicionada
El acuerdo también puede ser una plataforma para una estrategia distinta: si los Estados del Mercosur lo acompañan con políticas industriales, tecnológicas y de integración productiva regional, el acceso al mercado europeo podría ser un estímulo para subir en la escala de valor agregado y no solo profundizar la primarización exportadora.
El acuerdo Mercosur–Unión Europea cuenta con un respaldo político explícito de los gobiernos sudamericanos y se presenta como una apuesta por la apertura comercial y la inserción internacional en un mundo fragmentado.
El tratado no es neutro: puede consolidar una relación centro–periferia basada en la exportación de bienes primarios y la importación de manufacturas avanzadas, a menos que sea acompañado por estrategias activas de desarrollo productivo, política industrial y fortalecimiento tecnológico.
La disputa de fondo no es solo comercial, sino sobre el modelo de desarrollo regional: si el Mercosur se integra al mundo como proveedor de recursos y alimentos o como bloque capaz de construir capacidades productivas propias en sectores de mayor complejidad económica.




