La crisis en el Golfo Pérsico expone la vulnerabilidad estructural de las economías asiáticas, que enfrentan racionamiento industrial, escasez de combustibles domésticos y una creciente presión para abandonar el dólar en sus transacciones energéticas.
El bloqueo selectivo del estrecho
Desde la escalada militar que comenzó con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, el 28 de febrero de 2026, el Estrecho de Ormuz dejó de ser una ruta comercial para convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Por esta vía fluye aproximadamente el 20% del petróleo que consume el planeta, y su control parcial por parte de Teherán ha reconfigurado las reglas de acceso al crudo en Asia.
Irán no ha cerrado el estrecho de manera absoluta. Según datos de la agencia de inteligencia marítima TankerTrackers y la firma Kpler, el país ha logrado sostener exportaciones cercanas al millón de barriles diarios en las últimas semanas. El criterio de asignación es político: el paso está habilitado para quienes negocian su tránsito.
El canciller iraní, Abbas Araghchi, declaró que el paso está vedado solo para “los petroleros y buques de nuestros enemigos”. En los hechos, esto ha significado que China e India continúan recibiendo crudo, mientras que Japón y Corea del Sur han visto paralizados sus envíos.
El yuan como moneda de acceso
La crisis de Ormuz está acelerando un proceso de transformación en el comercio energético que excede la logística: se trata de una grieta en el orden monetario internacional.
Según reveló un alto funcionario iraní a CNN Internacional, Teherán evalúa permitir el paso de un número limitado de petroleros solo si el crudo se negocia en yuanes chinos. La declaración no es menor. China ha intentado durante años impulsar el uso de su moneda en las transacciones energéticas globales con resultados modestos. La coyuntura actual convierte al yuan en una suerte de moneda de tránsito: mientras el dólar es la moneda de los enemigos (Estados Unidos e Israel), el yuan se posiciona como la divisa que garantiza el acceso al crudo iraní.
No se trata aún de una sustitución definitiva del dólar, pero sí de un cambio en las condiciones de intercambio para las economías asiáticas dependientes del Golfo.
Consecuencias en el tejido industrial y social
El impacto de esta reconfiguración no se limita a los titulares geopolíticos. Está afectando la producción industrial y la vida cotidiana en varios países de la región.
- Japón y Corea del Sur: industria petroquímica en retracción
Japón importa el 74% de su nafta de Medio Oriente. Con el estrecho prácticamente vedado para sus buques, las existencias del país han caído a solo 20 días de consumo. La mitad de las 12 plantas de etileno que operan en territorio japonés ya han reducido su producción o se encuentran en paradas técnicas.
Corea del Sur, en una decisión inédita, ha restringido sus exportaciones de nafta para proteger su mercado interno, lo que a su vez impacta en las cadenas de suministro de plásticos, solventes y productos químicos que abastecen a toda la región.
- Sudeste asiático: racionamiento y medidas de emergencia
En Filipinas, el gobierno de Ferdinand R. Marcos Jr. decretó la suspensión de clases en varias provincias y la reducción de la semana laboral a cuatro días para ahorrar combustible. El mandatario declaró: “Somos víctimas de una guerra que no hemos elegido”.
Bangladesh enfrenta cortes de gas licuado que afectan a millones de hogares. Pakistán, cuya economía ya venía golpeada por una crisis cambiaria, ha impuesto topes a los precios de los combustibles que solo logran agravar el desabastecimiento.
En la India, ciudades como Pune han vivido escenas insólitas: los crematorios suspendieron temporalmente el uso de gas para las cremaciones y solicitaron a las familias que recurran a la leña.
Estrategias de adaptación
Ante la imposibilidad de garantizar la seguridad del paso por Ormuz en el corto plazo, los gobiernos asiáticos han comenzado a desplegar estrategias de mediano alcance.
Japón envió a su primera ministra Sanae Takaichi a Washington. El resultado fue un acuerdo marco por el cual Japón se compromete a comprar 7.000 millones de dólares anuales en hidrocarburos a Estados Unidos a cambio de rebajas arancelarias. Además, Tokio invertirá en proyectos de gas natural en Texas y Pensilvania, asegurando un flujo energético que esquiva el estrecho.
China, por su parte, ha apostado a la acumulación preventiva. Según datos de aduanas, las importaciones de crudo aumentaron un 15,8% en los primeros dos meses del año, antes de que el conflicto escalara. Las reservas estratégicas chinas, de acuerdo con estimaciones del Atlantic Council, alcanzan para entre 3 y 4 meses de consumo.
Paralelamente, Beijing ha diversificado sus fuentes: las importaciones desde Rusia crecieron un 40% interanual, mientras que la explotación doméstica en cuencas como Ordos y Tarim se ha acelerado mediante inversiones en tecnología de extracción no convencional.
Reacciones diplomáticas y polarización global
La escalada en el Golfo y sus consecuencias sobre el abastecimiento energético han generado reacciones diferenciadas en el plano internacional.
Países del Sur Global (incluyendo China, Brasil y Turquía) han condenado la ofensiva como un ataque unilateral que viola el derecho internacional. Diferentes gobiernos occidentales también han expresado preocupación por la escalada, llamando a evitar una guerra regional o al respeto de la soberanía estatal.
Puede decirse que la crisis iraní ha intensificado la polarización entre bloques geopolíticos y podría profundizar la fragmentación de alianzas tradicionales.
La política energética asiática está marcada por una crisis de abastecimiento derivada del cierre selectivo del Estrecho de Ormuz en medio de un conflicto bélico sin precedentes. Aunque los países de la región están desplegando mecanismos de diversificación y acumulación estratégica, la ausencia de garantías de seguridad para el tránsito de hidrocarburos y la presión para negociar en yuanes complican la estabilidad de sus matrices energéticas.
La doble presión (restricción externa en el acceso al crudo y una guerra comercial-monetaria en ciernes) coloca a las economías asiáticas en una encrucijada con consecuencias tanto productivas como geopolíticas.




