Irán aseguró haber derribado un F-16 y un dron estadounidense en una ofensiva coordinada con misiles. EE.UU. respondió con el despliegue de marines y refuerzos militares en la región. El Pentágono ya evalúa operaciones terrestres mientras crece el riesgo de una guerra ampliada.
Irán aseguró haber derribado un F-16 y un dron estadounidense en una ofensiva coordinada con misiles. EE.UU. respondió con el despliegue de marines y refuerzos militares en la región. El Pentágono ya evalúa operaciones terrestres mientras crece el riesgo de una guerra ampliada.

El sábado 28 de marzo, la Guardia Revolucionaria de Irán (IRGC) reivindicó el derribo de un caza F-16 y un dron MQ-9 Reaper de Estados Unidos en el sur del país, en el marco de una andanada de ataques con misiles y drones contra “industrias pesadas pertenecientes a Estados Unidos e Israel”.

En paralelo, los hutíes de Yemen lanzaron una andanada de misiles balísticos contra “objetivos militares israelíes sensibles” en el sur de Israel, su primera acción directa desde el inicio del conflicto. La respuesta de Washington fue inmediata: el Comando Central (CENTCOM) confirmó el despliegue de 3.500 marines a bordo del buque de asalto anfibio USS Tripoli, que se suman a los 5.000 infantes de marina y miles de paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada ya desplegados en la región.

Mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, asegura que “podemos lograr todos nuestros objetivos sin tropas terrestres”, el Pentágono prepara planes para “semanas de operaciones terrestres” en Irán, según reveló The Washington Post.

El ataque iraní

La jornada del sábado 28 de marzo quedó como uno de los momentos de mayor tensión desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero. La Guardia Revolucionaria de Irán (IRGC) afirmó, a través de su órgano Sepah News, haber derribado un caza F-16 Fighting Falcon y un dron MQ-9 Reaper de Estados Unidos en el sur del país.

El comunicado fue explícito: las aeronaves fueron alcanzadas en “operaciones conjuntas de represalia con misiles y drones” ejecutadas por su Armada y su División Aeroespacial contra “industrias pesadas” vinculadas a Estados Unidos e Israel. La IRGC presentó los ataques como parte de una ofensiva coordinada, no como hechos aislados.

En paralelo, el propio CENTCOM publicó en X una imagen de un F-16 aterrizando en una base de Medio Oriente tras un “vuelo de combate en apoyo de la Operación Furia Épica”. En ese contexto, la publicación fue leída como una admisión implícita de que la aeronave participó en combate y pudo haber sufrido daños.

El frente yemení también se activó. Los hutíes, a través de su portavoz Yahya Sarea, anunciaron por Al-Masirah TV el lanzamiento de misiles balísticos contra “objetivos militares israelíes sensibles” en el sur de Israel. Sarea definió la acción como una “intervención militar directa” en apoyo de Irán y los frentes de resistencia en Líbano, Irak y Palestina.

El ataque marcó un punto de inflexión: fue la primera acción hutí desde el inicio del conflicto y evidenció la capacidad de Teherán para activar aliados y abrir nuevos frentes. Sarea advirtió que las operaciones continuarán hasta cumplir sus objetivos.

El despliegue estadounidense

La respuesta de Washington no se hizo esperar. El sábado, el CENTCOM anunció en sus redes sociales la llegada al “área de responsabilidad” del USS Tripoli (LHA 7), un buque de asalto anfibio de clase América que transporta a 3.500 marines y marineros. El buque, que funciona como “buque insignia” del Grupo de Alerta Anfibio Tripoli y la 31ª Unidad Expedicionaria de Infantería de Marina, llegó a la región el viernes 27 de marzo.

La capacidad de combate que aporta el USS Tripoli es significativa. Según el comunicado del CENTCOM, la unidad incluye “aeronaves de transporte y de combate, así como activos de asalto anfibio y tácticos”. Entre ellos se cuentan helicópteros Seahawk, aeronaves Osprey para transporte de personal y cazas F-35.

El despliegue se suma a un importante dispositivo ya existente. Según informes de The Wall Street Journal citados por múltiples agencias, Estados Unidos ya tenía desplegados en la región unos 5.000 infantes de marina y miles de paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada. Con la llegada del USS Tripoli, la fuerza total se acerca a los 50.000 efectivos, la mayor presencia militar estadounidense en Medio Oriente en más de dos décadas.

El objetivo estratégico de este despliegue no es un secreto. Según el WSJ, las fuerzas están siendo posicionadas “a distancia de ataque de Irán y su isla de Kharg, un centro crucial de exportación de petróleo”. Kharg es el principal terminal de exportación petrolera de Irán, y su captura o destrucción sería un golpe devastador para la economía iraní.

La batalla política en Washington

Mientras los marines desembarcan, en Washington se libra una batalla paralela sobre el alcance de la intervención militar. El secretario de Estado, Marco Rubio, fue categórico el viernes: Estados Unidos “puede lograr todos sus objetivos sin tropas terrestres”. La declaración buscó calmar las aguas y presentar una imagen de contención.

Sin embargo, la realidad que emerge de los despachos del Pentágono es muy distinta. The Washington Post reveló este fin de semana que el Pentágono se está preparando para “semanas de operaciones terrestres en Irán”. Según el diario, que cita a funcionarios anónimos, cualquier operación terrestre “no llegaría a ser una invasión a gran escala” sino que implicaría “incursiones de una combinación de fuerzas de operaciones especiales e infantería convencional”.

La planificación es avanzada. Un funcionario citado por el Post fue explícito: “Esto no es una planificación de último momento”. Y la amenaza para los soldados estadounidenses es concreta: las operaciones podrían exponerlos a “una serie de amenazas, incluidos drones y misiles iraníes, fuego terrestre y explosivos improvisados”.

La vacilación de la administración Trump es evidente. Según el Post, en los últimos días la Casa Blanca ha oscilado entre declarar que la guerra se está apagando y amenazar con amplificarla. El presidente Donald Trump, por su parte, anunció el jueves que pospuso hasta el 6 de abril el ultimátum dado a Irán para desbloquear el Estrecho de Ormuz, bajo amenaza de destruir sus centrales eléctricas.

La situación social en Israel

El ataque de los hutíes del sábado sumó una nueva capa de tensión en la sociedad israelí. Aunque no se difundieron de inmediato detalles sobre víctimas y daños, la confirmación del ataque por parte de los hutíes y la activación de los sistemas de defensa aérea en el sur del país generaron una nueva ola de ansiedad.

Israel atraviesa más de un mes de guerra, bajo ataques de misiles y drones provenientes de Irán, el Líbano (Hezbollah) y ahora nuevamente desde Yemen. En este contexto, la población civil (especialmente en el sur y el centro) ve interrumpida su rutina por las alarmas y los cierres de espacios aéreos.

El costo humano para las fuerzas israelíes también resulta significativo. Aunque las autoridades no detallan las bajas militares, el portal Ynetnews informó que el conflicto ya dejó 13 soldados estadounidenses muertos y cerca de 300 heridos, una cifra que refleja la intensidad de los combates.

Los países del Golfo

Para los países del Golfo, la situación es cada vez más insostenible. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar se encuentran atrapados entre su alianza tradicional con Estados Unidos y su proximidad geográfica y comercial con Irán. El Estrecho de Ormuz, bloqueado por Teherán, es la principal vía de salida de su petróleo, y sus economías dependen de que el flujo se reanude.

La presencia militar estadounidense en la región (que incluye bases en Qatar, Baréin y Kuwait) los convierte en potenciales objetivos de represalia iraní. El ataque hutí del sábado, aunque dirigido a Israel, fue un recordatorio de que Teherán puede golpear donde quiera, cuando quiera.

La respuesta diplomática ha sido intensa. Pakistán, un actor con influencia tanto en Washington como en Teherán, está desplegando una intensa actividad de mediación. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, mantuvo el sábado una conversación telefónica de más de una hora con el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, para informarle sobre los esfuerzos diplomáticos de Islamabad para crear “un entorno propicio para las conversaciones de paz”. Sharif también conversó con Estados Unidos y los países del Golfo, buscando construir consenso para una salida negociada.

La voz de Irán

Mientras los misiles vuelan y los marines desembarcan, la retórica iraní no deja lugar a dudas sobre su disposición a resistir. El diario oficial Tehran Times publicó este fin de semana una portada que resume la postura del régimen: un gran titular que dice “Welcome To Hell” (Bienvenidos al infierno), dirigido a Washington.

El mensaje es explícito: cualquier tropa estadounidense que cruce el territorio iraní “regresará solo en ataúdes”. Las autoridades iraníes afirman que más de un millón de ciudadanos se han ofrecido como voluntarios para luchar, muchos de ellos alistándose en la milicia Basij y en la Guardia Revolucionaria.

La combinación de capacidad militar (drones, misiles balísticos y una extensa red de aliados regionales) con una movilización social masiva es la apuesta de Teherán para disuadir una invasión terrestre que, según los informes del Pentágono, ya se está planificando.

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