La guerra como negocio y distracción política. Trump escala el conflicto mientras crecen las críticas. El caso Epstein vuelve al centro del debate.
La guerra como negocio y distracción política. Trump escala el conflicto mientras crecen las críticas. El caso Epstein vuelve al centro del debate.

Donald Trump habla de paz mientras sus bombas caen sobre Irán. Se presenta como el defensor de la libertad mientras sus marines desembarcan en Medio Oriente. Amenaza con “tomar” Cuba mientras su secretario de Estado exige “cambio de régimen” en la isla.

Pero detrás de la retórica grandilocuente del hombre que se cree dueño del mundo hay una realidad que los medios corporativos se empeñan en ocultar: la guerra no es un instrumento de paz, es un negocio. Y también es la mejor cortina de humo que un presidente acusado de abuso sexual y vinculado a la red de pedofilia de Jeffrey Epstein puede encontrar.

Mientras los misiles vuelan sobre el Golfo y los marines ocupan nuevas bases, la lista de Epstein sigue siendo un expediente cerrado, los nombres de los poderosos que violaron niños siguen a salvo, y Trump (que fue amigo de Epstein durante años) sigue en la Casa Blanca. La guerra no es para salvar al mundo. Es para salvarse él.

El mesías armado

Hay una imagen que circula en las redes sociales esta semana: Donald Trump en un escenario, con el puño en alto, diciendo que “Cuba es la siguiente”. Lo dice después de haber ordenado el bombardeo de Irán, después de haber avalado la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, después de desplegar 50.000 soldados en Medio Oriente. Y lo dice como si fuera un héroe de película, el salvador que viene a imponer el orden en un mundo caótico.

Pero la historia de Trump no es la historia de un salvador. Es la historia de un especulador inmobiliario que construyó su imperio sobre la base de estafar a trabajadores, de evadir impuestos, de quedarse con la tierra de los que no podían pagar. Un hombre que fue amigo de Jeffrey Epstein durante años, que voló en su avión, que frecuentó sus fiestas, que dijo de él: “Es un tipo fantástico. Es muy divertido estar con él. Se dice que le gustan las mujeres jóvenes, al igual que a mí”.

Ese es el hombre que hoy, desde la Casa Blanca, ordena matar. Y lo hace con la misma arrogancia con la que alguna vez desalojó inquilinos para levantar un rascacielos.

La guerra como negocio

La guerra en Medio Oriente ya lleva un mes. En ese mes, Estados Unidos desplegó 50.000 soldados en la región, perdió al menos 13 efectivos, y gastó miles de millones de dólares en bombas, misiles y combustible. Los fabricantes de armas —Lockheed Martin, Raytheon, General Dynamics— vieron subir sus acciones. Los contratistas de defensa hicieron su agosto.

Y mientras tanto, ¿de qué no se habla? No se habla de la lista de Jeffrey Epstein. De los nombres de los poderosos que abusaron de menores y que el FBI guarda bajo llave. No se habla de por qué el caso se cerró sin que ningún grande de verdad fuera a la cárcel. Como Trump, siendo presidente, podría desclasificar los documentos y no lo hizo. No se habla de que, en lugar de eso, prefirió bombardear Irán.

El mecanismo es tan viejo como el poder: cuando el rey está en problemas, declara la guerra. Cuando la corte está a punto de revelar sus secretos, inventa un enemigo externo. Cuando la lista de Epstein amenaza con salir a la luz, Trump envía 3.500 marines al Golfo Pérsico.

Es la táctica del humo: una cortina tan densa que oculta todo lo que no debe verse.

La paz que mata

Marco Rubio, el secretario de Estado, dice que en Cuba “el pueblo sufre” y que “la economía no puede cambiar a menos que cambie su sistema de gobierno”. Lo dice mientras su gobierno bloquea la llegada de combustible a la isla, mientras los hospitales cubanos se quedan sin electricidad, mientras los niños mueren por falta de medicamentos que no pueden importar por el embargo.

El cinismo es absoluto. Dicen que defienden la libertad, pero lo que hacen es asfixiar a poblaciones enteras hasta que se rindan. Buscan la paz, pero lo que siembran es muerte. Dicen que son el faro de la democracia, pero lo que iluminan es un campo de batalla tras otro.

Trump dijo en Miami que “Cuba es la siguiente”. Lo dijo con la misma liviandad con la que alguna vez dijo que podía matar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votos. Lo dijo mientras en La Habana los médicos cancelan cirugías porque no hay electricidad, mientras las ambulancias están paradas por falta de gasolina, mientras las farmacias están vacías porque el Estado no puede pagar los medicamentos.

Y el mundo mira. Pero no hace nada.

La peste de los violadores en el poder

Hay algo que la guerra no puede ocultar del todo. Hay algo que se filtra entre los bombardeos, que se cuela en las entrevistas, que late en las redes sociales. Es el nombre de Epstein, la lista. Es la pregunta incómoda: ¿por qué ningún poderoso fue a la cárcel?

Trump fue amigo de Epstein durante años. Se codeó con él en Palm Beach, en Nueva York, en las fiestas donde las menores de edad eran moneda de cambio. Dijo que Epstein era “un tipo fantástico”. Después, cuando el escándalo estalló, dijo que no eran tan amigos, que habían tenido una pelea, que él no sabía nada. Pero los registros de vuelos dicen otra cosa. Los testimonios dicen otra cosa. La lógica dice otra cosa: nadie es amigo de un pederasta durante años sin saber lo que hace.

Y sin embargo, Trump sigue en la Casa Blanca. Sigue ordenando bombardeos, presentándose como el salvador. Sigue siendo aplaudido por una prensa que prefiere hablar de los misiles en el Golfo que de los niños violados en las islas privadas de Epstein.

La guerra no es para salvar al mundo. Es para salvarse él, así nadie pregunte por qué la lista de Epstein sigue cerrada. De esta manera nadie exija que los poderosos rindan cuentas. Es para que la peste de los violadores en el poder siga intacta, inmune, impune.

El mundo que Trump está construyendo

Mientras los marines desembarcan en Medio Oriente y los misiles vuelan sobre Irán, Trump está construyendo un mundo a su imagen y semejanza. Un mundo donde el poder es el derecho a matar sin rendir cuentas. La riqueza es el derecho a comprar impunidad. Un mundo donde la guerra es un negocio y la paz, un eslogan de campaña.

En Cuba, la gente muere de hambre y de enfermedades curables mientras el bloqueo se endurece. Mientras que en Irán, los civiles mueren bajo las bombas mientras Trump promete “libertad”. En Venezuela, Maduro está preso en una base militar estadounidense y nadie sabe qué pasará con el país. Y en Estados Unidos, la lista de Epstein sigue siendo un secreto de Estado.

Ese es el legado de Trump. No la paz, no la libertad, no la prosperidad. Es el negocio de la guerra. Es la impunidad de los poderosos. Donde en el mundo donde los violadores, gobiernan y los niños siguen siendo moneda de cambio.

La hora de la verdad

La guerra en Medio Oriente es una cortina de humo. El bloqueo a Cuba es otra. La captura de Maduro es otra. Todas las grandes operaciones de la política exterior de Trump tienen un mismo propósito: desviar la atención de lo que realmente importa, de lo que realmente lo amenaza.

La lista de Epstein es una bomba de tiempo. Si algún día se desclasifica, si algún día los nombres de los poderosos que abusaron de niños salen a la luz, el sistema político estadounidense podría tambalearse. Trump sabe que su nombre podría estar en esa lista. Sabe que su pasado con Epstein podría destruir su legado. Y por eso hace lo que hace: bombardea Irán, amenaza Cuba, invade Venezuela. No para salvar al mundo. Para salvarse a sí mismo.

Pero la verdad, aunque la oculten bajo montañas de bombas, tiene una forma de filtrarse. La pregunta es cuánto más vamos a mirar para otro lado. Cuántas guerras más vamos a tolerar antes de exigir que se abra la lista de Epstein. Cuántas muertes más vamos a aceptar antes de decir basta.

Porque el hombre que hoy se presenta como el salvador del mundo no es más que un especulador inmobiliario que construyó su imperio sobre la ruina de los demás. Porque el presidente que ordena matar en nombre de la paz no es más que un amigo de pederastas que usa la guerra para ocultar sus propios crímenes.

La guerra no es para salvar al mundo. Es para salvarse él. Y mientras sigamos comprando el cuento, mientras sigamos mirando los bombardeos sin preguntar por la lista de Epstein, mientras sigamos aplaudiendo a los violadores que se creen salvadores, seguiremos siendo cómplices de todo lo que viene.

últimas noticias

logo 02

Jujuy Times

Copyrigth 2025 @ Todos los derechos reservados.